La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal y en zigzag por los muros de poca altura de los traveses.
En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela…
El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.
En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.