La ruta del aventurero

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Otro de los contertulios, temido por su pesadez, era el Capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.

Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un muchacho de dieciséis años. No había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre —y él suponía esto una gran cosa— era ser un fantoche vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.

Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el pueblo.

Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.

Otro de los asiduos a la tertulia era el Capitán Embun, aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:

—Esta mujer me vuelve loco —y añadía—: Y está por usted.


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