La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Y de nosotros, ¿no ha dicho nada? —preguntó el Capitán.
—De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar las señas nuestras a la policía.
El Capitán quedó intranquilo:
—Ese hombre debe ser de la sociedad El Ángel Exterminador —murmuró.
—Es probable —dijo Eguaguirre.
—¿Algún espía pagado por esa sociedad? —preguntó Thompson.
—No; pagado, no —repuso Eguaguirre—; el comandante ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos los militares españoles guerra ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga y espía.
El Capitán estaba pensativo.
Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban historias terribles del Ángel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo: