La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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J.H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las cuencas vacías de los monstruos; J.H. se divirtió con los dientes afilados de las fieras; J.H. se entretuvo con las lenguas rojas de las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las abubillas.

J.H. vio claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le ata uno de estos adminículos a la cola.

Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.

Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza, esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J.H. a mirar con cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo nouménico, y también la cosa en sí.

Como hemos indicado antes, J.H. tuvo un tío, soltero y de alguna posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.

J.H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del pensamiento humano.


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