Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Llegamos cerca de la Aduana[73], y don Ciríaco se detuvo delante de una casa grande, con miradores.

—Aquí es —dijo.

Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamó el capitán; un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con el suelo también de mármol, el techo encristalado y las galerías con arcadas.

Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y, recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejos y medallones[74].

Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, una mujer opulenta, hermosísima.

Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciríaco estuvo muy cortesano con ella. Realmente, el viejo capitán era un hombre de salón.

Don Ciríaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mi familia, de nuestra casa solariega de Lúzaro, de mis antepasados… Al oír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella señora aumentó.

Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias nobiliarias, y resultó cosa no muy rara entre vascongados, que teníamos un apellido común.

—Debemos ser parientes —dijo ella.

—Es muy posible —repuse yo.


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