Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Pues si eres algo pariente mÃo, no te choque que te hable de tú, porque a mà me pareces todavÃa un chiquillo.
Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegrarÃa de esta confianza por su parte.
Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hija de doña Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años, preciosa. Don CirÃaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte de Versalles. Dolorcitas se parecÃa a su madre; pero era más pequeña de estatura, de ojos más negros y de tez algo más morena. TenÃa una gran movilidad en la expresión y mucha gracia hablando.
¿Habrá que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho un tonto? No, no es necesario. Me encontraba en la edad del pavo, no habÃa tratado a ninguna mujer y era naturalmente tÃmido.
Doña Hortensia dijo al criado:
—DÃgale al señor que le esperamos para almorzar.
Media hora después vino don MatÃas Cepeda y fue presentado a él. El señor Cepeda no era un hombre simpático ni mucho menos; tenÃa la cara dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto y cerdoso[75].