Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Con don Ciríaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser ocurrente; a mí no me miró. Sin duda, el no tener cincuenta años, para don Matías era una impertinencia.

Solamente me dirigió una frase, y ésta me escoció:

—Ten cuidado —me dijo—, porque aquí, en Cádiz, te van a tomar el pelo.

Después de almorzar, don Matías y don Ciríaco se retiraron para hablar de negocios, y doña Hortensia y Dolorcitas quisieron enseñarme la casa. Esto halagaba su vanidad.

La casa era enorme. Se traslucía allí un verdadero delirio de grandezas: el suelo era de mármol, los salones vastísimos, con techos pintados e historiados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran otras habitaciones. En los testeros se veían espejos de toda la pared, y en los pasillos se levantaban estatuas y fuentes de alabastro.

Yo entonces aún no había visto nada, no podía comprender la diferencia que existe entre la ostentación lujosa y el buen gusto, y quedé maravillado.

Después de recorrer la casa subimos la azotea y estuvimos contemplando la bahía de Cádiz, inundada de sol, llena de fragatas, de bergantines y de goletas.

Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa María, Rota y Puerto Real.


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