Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don CirÃaco. Después vinieron unas cuantas amigas de Dolorcitas. Yo estuve hablando con doña Hortensia, que se mostró muy amable conmigo.
A media tarde don CirÃaco me llamó.
—Vamos, Shanti —me dijo.
El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y dÃas de fiesta estaba invitado a comer allá. Si no iba, preguntarÃan por mà y me llevarÃan a la fuerza.
Me despedà de todos, y salà con don CirÃaco, entusiasmado. El viejo capitán me llevó a un colmado de la misma calle de la Aduana, llamó al dueño, un montañés[76] amigo suyo, y le recomendó una comida escogida, una comida para gente que comprende lo trascendental de la misión de engullir. El dueño del colmado y don CirÃaco discutieron detalladamente los platos, las salsas y los vinos.
—Necesito una hora para preparar todo eso —dijo el montañés.
—Muy bien —contestó el capitán—. Le concedemos a usted la hora.
—Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.
—No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla de Sanlúcar y unas aceitunas.
Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don CirÃaco: