Las inquietudes de Shanti Andia

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III

DOLORES DE VANIDAD

El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doña Hortensia, por las calles de Cádiz. Iba con el corazón en un puño. Temía que me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hija Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.

Estaban preparándose para ir a misa, y yo las acompañé hasta una iglesia próxima. A la vuelta dimos un paseo por la calle Ancha y la plaza de Mina[82], y volvimos a casa.

El encuentro con don Matías me preocupaba. Aquella estúpida insinuación del señor Cepeda de que se burlarían de mí me intranquilizaba. Era muy suspicaz, como todos los hombres tímidos, y estaba siempre en guardia, creyendo ver ofensas en cualquier cosa.

Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como con cierto alarde de no darme importancia.

—Este joven insignificante para mí no existe —era lo que parecía querer dar a entender aquel señor.


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