Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don CirÃaco y pedirle consejo; otra, la que más halagaba mi vanidad, escribir diciendo que acudirÃa a la cita. Me decidà por lo último. HabÃa entre los marineros de la Bella VizcaÃna un chico de Cádiz, a quien llamaban el Morito, porque habÃa estado en Tánger y solÃa llevar con frecuencia un fez rojo en la cabeza.
El Morito era muy partidario mÃo. Un barco es un pequeño mundo aparte, donde las simpatÃas y las antipatÃas se establecen rápidamente, y el Morito era joven y habÃa simpatizado conmigo. Este muchacho solÃa estar con frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar. Fui a buscarle, le encontré, le di el encargo de llevar la carta a Dolores, y después le dije que volviera por mÃ. Cenamos juntos el Morito y yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.
El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misterioso como aquél.
—Tú vigila —le dije yo—, y si pasa alguno, avÃsame.
—Descuide usted —me contestó él.
A las diez en punto se oyó ruido detrás de la reja; vi una vaga luz, después una falleba que chirriaba suavemente y una persiana que se abrÃa.