Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia La cordialidad entre nosotros y los de fuera iba estableciéndose, pero aún no estábamos muy seguros.
Como la cámara de debajo de la toldilla era pequeña y cerrada, el teniente no querÃa que durmiésemos todos en ella, y nos repartÃamos en los cuatro departamentos que poseÃamos. Yo dormÃa en la misma cama de Zaldumbide.
Pronto dejó de llover, pero siguió el viento y siguió el oleaje, que nos zarandeaba furiosamente. Por intervalos se nos metÃa el agua en la cubierta por toneladas; y, como no podÃa marcharse con facilidad por los agujeros, se formaba una ola que rodaba a derecha e izquierda, y entraba en las, cámaras.
—¿Qué hacen esos bestias? —pensábamos nosotros—. Van a conseguir que el barco se hunda.
Varias veces instamos al teniente a que saliéramos a dominar a los amotinados, pero él nos contenÃa, diciendo:
—No, no; que vean que nos necesitan. Si no, en seguida se volverán a sublevar otra vez.
Al quinto dÃa nos sorprendió la agitación que habÃa en cubierta; se oÃan gritos furiosos, voces iracundas… Al anochecer, estaba yo de guardia cuando sonaron dos golpes suaves en la puerta.
—¿Quién va? —pregunté.
—Soy yo, Allen. Vengo con Sam Cooper, el contramaestre, y con Tommy, que quieren hablar con el piloto.