Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso —añadió el médico viejo— que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos y castellanos. Ésta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza orgánica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz…[261] Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.
Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
—Esto es un hospital —me dijo tu abuela—. Todos estamos enfermos.
Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron:
—Espere usted, que también la Shele está mala.
Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
—Vamos, acércate —le dijo tu abuela.