Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
—Me daba vergüenza.
La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.
—¡Ay, ené![263] —decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.
—Bueno, cálmate —la dije—. Aquí el único que sabe tu estado soy yo. ¿Qué piensas hacer? Vale más que te resuelvas pronto, antes de que noten tu estado. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?
—Bueno.
—¿Sabes sus señas?
—Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.
—¿No sabes más?
—No.
—Debías enterarte del nombre del barco.
—Bueno. Ya me enteraré.
—Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué piensas hacer? ¿Ir al caserío?
—No, al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.