Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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—¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuido…?

—Es posible, pero no es fácil asegurarlo.

No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad que había hecho.

Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla reaccionar. Estaba decidida a dar un adiós definitivo a la vida.

Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos se estrellan.

A los quince días hubo que confesar y dar la Unción a la Shele.

Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.

Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el Viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.

La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance, se encontraba alegre y sonriente.

Por la mañana murió la pobrecita[266].


El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.

—Sí, es horrible —dije yo— esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.


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