Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Nosotros, Smiles y yo, le decíamos que se entendiera con Ryp; yo, por mi parte, estaba deseando salir de allí, aunque fuera con las manos vacías. Allen no quería.

Un día nos dijo que sí, que estaba dispuesto a decir dónde estaba el tesoro. Llamó a Ryp y quedamos de acuerdo en ir todos a la orilla del río, escoltados por diez moros armados. Llegamos a la arruinada fortaleza, y Allen exigió que le dejaran solo. Estuvo un cuarto de hora, y después se encaminó hacia el río, y apoyándose en una piedra de la orilla, dijo: «Aquí está». No acababa de decir esto cuando Van Stein le disparó un pistoletazo a boca de jarro y lo dejó muerto.

Smiles y yo echamos a correr, temiendo que siguieran con nosotros. Ryp, Van Stein y los moros se pusieron a cavar furiosamente, mientras nosotros nos alejábamos corriendo por la orilla del río. Llegamos rendidos cerca del mar, y nos encontramos en un arenal inmenso, formado por dunas que el viento levantaba y deshacía. Nos guarecimos los dos en una grieta de la arena y estuvimos así escondidos horas y horas, con el oído atento.

De pronto, en la calma de la tarde, oímos voces. Eran Ryp y Van Stein.

—¿No se ve a nadie? —preguntaba Ryp.

—A nadie.

—Habrán atravesado el río, quizá.


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