Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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—Le advierto a usted, licenciado, que no tengo malas intenciones para ella. Yo la quiero.

—¿Para qué? ¿Para casarse con ella?

—¿Por qué no? Yo la considero tanto como a la más linajuda princesa de sangre real.

—Bien; pero usted no tiene un cuarto.

—Buscaré dinero y lo encontraré.

Ante esto, ¿qué íbamos a hacer? Se lo dije a Pastelillos y torció el gesto y movió la cabeza con aire de resignación.

Adolfo en sus conversaciones exageraba el mérito de la muchacha. Las mujeres de la vecindad no le tenían antipatía. Las hijas de la Pepa le decían a Mercedes:

—Chica, estás haciendo el primo siempre trabajando. ¡Para lo que te lo van a agradecer!

La Sole y la Paqui andaban por aquellos días muy entretenidas con una comparsa de jóvenes del barrio que se llamaba de los Micos. Tocaban bandurrias y guitarras; marchaban por delante las muchachas más garbosas y una llevaba la bandera.

Salían de noche, y no sé por qué motivo la autoridad suprimió la rondalla.

La Pepa tenía afecto por la Mercedes al verla amable, trabajadora y humilde. Se entendían las dos muy bien, y la Pepa algunas veces le sacaba dinero. Esto no lo podía remediar.


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