Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Los dÃas de fiesta ponÃa la silla en el balcón y allà leÃa novelas que le prestaba un librero de viejo de la esquina de la calle de la Cruz Verde con la del Pez. Al parecer, su autor predilecto era Pérez Escrich.
Como Fructuoso era desnudista, algunas veces, con otros dos acólitos partidarios de la misma secta, iba a El Pardo y se pasaban la tarde en cueros tostándose al sol.
Adolfo Santovenia se fijó pronto en que Mercedes, a pesar de su aire poco llamativo, era bonita.
TenÃa ojos claros, pelo medio rubio y boca de labios gruesos con una expresión de candidez y de bondad.
Todos notamos —dice el licenciado Latorre— que Adolfo preparaba sus baterÃas y que a la Mercedes, que no habÃa tenido nunca novio, se le iban los ojos tras del muchacho.
Pastelillos se alarmó porque tenÃa mucho cariño por su hija y, además, la necesitaba. El hombre se explicó conmigo:
—Oiga usted, Latorre —me dijo—; háblele usted a ese joven y que no me haga la pascua.
—Descuide usted; yo le hablaré.
Efectivamente, cuando vino la ocasión le hice algunas consideraciones y terminé diciéndole:
—Bueno, Adolfo; nada de estupideces con esa chica. Si quiere usted echárselas de conquistador, busque usted otras. Aquà en la misma casa tiene usted varias.