Locuras de Carnaval

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El dueño, Manolo, lo escondió, le habló al hijo del prestamista de El Mundo Comercial y este le sacó de Madrid debajo del asiento de atrás del automóvil, donde había un hueco grande, y lo llevó a un pueblo de la sierra.

A pesar de encontrarse en el campo en buenas condiciones, Adolfo no se curaba de su herida y quiso volver a Madrid.

Ángeles se enteró por sus amigos de si había algún cargo serio contra él y de si le buscaban los Tribunales. Al parecer, no se le concedía importancia.

Llegó Adolfo a Madrid, y el médico de la vecindad, especialista en las vías urinarias, le dijo que llamaran a un compañero que vivía cerca y que se ocupaba de enfermedades constitucionales.

Este segundo médico observó la herida y, sabiendo que la tenía desde hacía tres semanas y que no se le curaba, le hizo la reacción Wassermann, que dio un resultado positivo. El joven Adolfito era un avariósico por herencia. Esto quizá explicaba su versatilidad, su exaltación y sus tonterías.

Se hizo una gestión con la vieja marquesa, y para convencerla se le dijo que su nieto había sido herido en los disturbios, pero que no iba en las filas de los revolucionarios, sino en las de los fascistas, defensores del orden y de la religión. La vieja marquesa se ablandó y dio dinero.


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