Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Cuando se levantaron los cuatro, Adolfo pasó delante de mí y me dijo con su habitual jactancia:

—Ahora va de veras.

—¿Qué?

—La revolución.

—¡Bah! Yo no creo en tonterías —le repliqué—. Lo primero que hay que hacer es la revolución en la cabeza de las gentes, y esa no está hecha ni se hará por ahora.

—Lo que tienen ustedes los burgueses es miedo —contestó él.

Yo me reí.

Cuando la algarada de octubre, Adolfo desapareció sin dejar rastro, y supimos poco después que andaba con los sublevados. Mercedes estaba apuradísima.

—Vea usted si su marido tiene algo en su cuarto, y si tiene papeles, quémelos usted —le dije.

—Venga usted conmigo, porque yo no entiendo de esas cosas.

No solo había papeles, sino varias pistolas y unas bombas incendiarias. Todo lo hicimos desaparecer rapidísimamente. A los tres o cuatro días se presentó la Policía y no encontró nada.

Una semana después supe que Adolfo había tomado parte en una refriega de los Cuatro Caminos y se había presentado herido en el pecho en el bar del Pez.


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