Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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A fines de verano del año pasado le vi en un bar de la calle Ancha, esquina a la calle de la Flor, con tres jóvenes. A dos de ellos los conocía. Uno era un socialista, pequeño, moreno, de aire doctoral y pedantesco, que a veces se exaltaba y hablaba de una manera exagerada y gesticulante. El otro era comunista, tipo de vanidad irritada. Periodista sin éxito y vulgar, fundaba su superioridad en haber leído El capital, de Karl Marx, que quizá no había leído más que fragmentariamente. El mundo estaba dividido, según él, entre los que habían leído El capital —gente de peso— y los que no habían leído El capital— sin duda, pesos pluma—. Entre los que lo habían leído, no todos eran trigo limpio, pues había una porción de mixtificadores y de farsantes.

Este comunista tenía mucho odio por los políticos y por los escritores y empleaba a cada paso algunas palabras rusas, como si el mundo fuera una traducción mala de Rusia.

El tercero de los reunidos era un tipo de aire callado y poco inteligente, que oía sin prestar atención a lo que decían sus compañeros y se metía dos dedos en la boca como para sujetarse una muela que, sin duda, le dolía.

El comunista que notaba que este no escuchaba sus profundas lucubraciones, se incomodó y gritó: «¡Qué m…! Vete a casa del dentista de una vez».


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