Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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El chico, Marianito, se sintió de pronto fascista, le detuvieron en una algarada, le encontraron una pistola y lo metieron en la Cárcel Modelo. Su madre le llevaba cuanto ganaba.

La otra hija, la Paqui, estaba en París con un señor, dedicada a la vida alegre.

La Pepa iba a trabajar de asistenta a casa de alguna cupletista o vicetiple que vivía en el ático de algún rascacielos con su madre y le daba tres pesetas y el desayuno por el servicio de la mañana. Muchas veces salía echando veneno y hablando pestes de las amas porque con frecuencia se descomponía el ascensor y le hacían subir y bajar las escaleras una porción de veces.

Rosa Cruz y su marido, según se decía, andaban con frecuencia por las antesalas de los ministerios a la caza de gangas y habían conseguido para un pariente un destino, y para la madre del marido de Rosa, un estanco.

Aurora Ferrer, cada vez más elegante y pomposa, tenía un novio más joven que ella, al que no le permitía libertades, y, según me dijo doña Claudia la pitonisa, iba a establecerse pronto y a casarse.

Los demás inquilinos seguíamos sin variar. En casa de Pastelillos teníamos nuestras reuniones después de cenar. Fructuoso buscaba la onda en la radio; pero el cocinero, ya harto de oír tangos argentinos, decía que iba a vender el aparato al primer trapero que pasara por delante de casa.


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