Locuras de Carnaval

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Nuestra conversación versaba casi siempre sobre Mercedes y su chico. Mercedes tenía un pretendiente que parecía un hombre serio, trabajador y buena persona; pero ella no le quería. Su padre y yo tratábamos de demostrarle que no fuera tonta. Yo un día, un poco incomodado por su terquedad, la dije: «No seas estúpida. Este es una buena persona, un hombre fuerte, trabajador y simpático, y aquel, Adolfo, era un mamarracho».

La chica se echó a llorar, y durante algunos días huyó de mí. Luego me confesó que reconocía que lo que le había dicho era por su bien.

Pastelillos no hablaba nunca mal de la Pepa, a pesar de que le había robado, y cuando el mozo del comedor, Fructuoso, aseguraba que era una trapisondista y una mechera que debía estar en la cárcel, el amo replicaba: «No, no. Es una buena mujer que se ha sacrificado por sus hijos».

En el restaurante solían aparecer Palomeque con unos ternos fastuosos que heredaba de su amo y Manolo, el del bar del Pez, que proponía a Pastelillos el poner un restaurante en la sierra, cosa que este no quería.

Una noche de sábado, en una calle próxima a la del Pez, me encontré a la Pepa, que salía de una tienda de ultramarinos. Ella, al principio, quedó sorprendida y retrocedió; pero luego se acercó a mí y charlamos.


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