Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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A pesar de sus desdichas, seguía, como siempre, alegre. Fuimos juntos un rato y se detuvo en una casa que tenía en el bajo un bar.

—Aquí vivo. Si quiere usted venir alguna vez, venga usted después de cenar, a las nueve o las diez; entonces no hay nadie.

—Bueno; ya vendré.

Dos o tres días después pasé por allá. La casa hacía esquina y era pobretona, de tres pisos. Tenía las persianas de los balcones cerradas, dos puertas estratégicas, una a cada calle, y una comunicación por el bar Edén, que ocupaba la planta baja.

Me dio la impresión de que aquello no era un hotel ni una casa de huéspedes, sino un lugar de encuentros no fortuitos. En el bar no solía haber nunca mucha gente. A ciertas horas se detenían automóviles a la puerta y entraban camareros de algún café próximo; a otras horas no se veía ni una rata.

Una noche se me ocurrió ir a visitar a la Pepa a la hora que me había indicado.

Entré por el portal de la callejuela hasta el primer piso y me salió al encuentro una criada vieja.

—Pase usted al salón —me indicó.

Entré en un local grande, con cierto lujo aparatoso y barato y con varios gabinetes próximos.

Había un grupo de mujeres jugando al parchís y dos o tres separadas de ellas haciendo ganchillo.


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