Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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El estudiante se distinguió en su mocedad por lo vario de sus disposiciones. Todo a lo que se dedicaba le salía bien; a los veintiún años estrenó un sainete con éxito, hizo cuplés que se cantaron por todas partes y hasta dibujó algunas caricaturas. Sus gracias y sus chistes se comentaron en los periódicos y llegó a tener cierta popularidad de radio corto.

Su padre, don Federico, lo contemplaba con cierto entusiasmo oculto, porque lo consideraba espiritualmente como un verdadero heredero suyo, mejorado y depurado. Creía que había de tener éxito en la vida; su tipo esbelto y distinguido le producía admiración. Don Federico, pequeño, encanijado y de aire enclenque, admiraba la fuerza y la prestancia. Golfín padre sentía, como muchos, la nostalgia de la época de la juventud y ese espejismo tan general que hace pensar que el tiempo pasado es siempre mejor.

Don Federico tenía el respeto máximo por la ingeniosidad. Recordaba una porción de anécdotas que contaba y que él, a su vez, había oído contar a su padre de Villegas, Frontaura, Manuel del Palacio, Granés, Eusebio Blasco y otros.

Toda aquella causticidad sañuda revelaba una forma espiritual pasada de moda; pero a él no le parecía así.


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