Locuras de Carnaval

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En la redacción en que trabajaba Manolo Golfín se renovaba mucho la gente; era como un lugar de paso. Pronto se encontró rodeado de periodistas más jóvenes que él. Entonces se apartó de ellos y formó una tertulia en un café de la calle de Alcalá.

Entre sus compañeros y amigos había un novelista ya cuarentón que escribía unos libros mezcla de erotismo y de chistes. Ponía en esto toda su malicia, y después de publicar una novela pornográfica, sucia, iba en las procesiones con cara de cuervo y con un cirio en la mano.

Otro de los contertulios se firmaba Luis Tenorio, aunque, al parecer, no se llamaba así. Este se creía un mosquetero, tenía un aire impertinente e insolente, pedía dinero, presumía de aristócrata y sabía mortificar a los unos y a los otros. Hacía interviús falsas con cierta gracia cáustica, y si alguien trataba de rectificarle, contestaba con un chiste o con una baladronada.

Otro, Pepe Valdés, era de los amigos de Golfín. Tenían entre los dos una amistad preñada interiormente de rivalidades y de resquemores. Pepe Valdés aspiraba a meterse en política, pero no veía por entonces el resquicio para entrar en ella.


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