Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval No faltaba entre los jóvenes quien llegaba a convencerse de que su crítica era una cosa seria con un gran valor para definir y aquilatar lo bueno y lo malo. Los que llegaban a creer esto se convertían en cómicos Aristarcos y pensaban que ejercían un sacerdocio. Otros tendían a sustituir la amenidad y la gracia que les faltaba por la matonería y las frases gruesas.
También aparecieron algunos supuestos escritores, aventureros de mala clase, que ponían a contribución las casas de juego madrileñas, entonces muy abundantes. Como los matones de taberna, tenían la idea de que la mayoría de la gente era tímida y poco decidida y que se podía emplear el insulto y el escándalo, sin peligro, con perfecta impunidad. Ya los desafíos, lances de honor y demás ridículas fantasmonadas terminaban siempre con actas que no las leía nadie.
Sin embargo, alguno de estos aventureros acabó mal, a tiros; otros se oscurecieron, dispuestos a vivir con su capital, amasado por la matonería y el chantaje.
Para ser un Don Juan con cierta elegancia y cierto rumbo hay que tener dinero; si no, no se pasa de granujilla insignificante.
La bondad y la nobleza se pueden realzar con la miseria; la pillería, no; la pillería necesita cuentas corrientes para tomar aire aristocrático; si no las tiene, se convierte en chulería baja.