Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval En la redacción del periódico donde colaboraba se formó una cuadrilla en la cual uno de los directores era Manolo Golfín. Esta cuadrilla creció con el tiempo y, como había habido una manía de clasificación de escritores por generaciones, se habló de una generación de la postguerra.
Estos escritores creían posible vivir una vida independiente, una bohemia dorada al estilo de Gómez Carrillo y compañía; bohemia que ya era entonces de segunda o de tercera mano, porque estaba traducida del parisiense al guatemalteco.
Casi todos estos bohemios hacían gala de impertinencia y de amable cinismo.
Algunos eran ya chanchulleros declarados. Esta tendencia natural de la juventud de criticar, de negar, la querían convertir en algo práctico y positivo. Se atacaba con violencia a los políticos y escritores de fama que podían considerarse como enemigos y se elogiaba a los amigos de la pandilla de una manera exagerada. Este ruido, un poco falso, servía momentáneamente para interesar al público de café.
Había que hacer ruido para tener éxito. Esto es en la realidad el éxito: ruido. Hablar de éxitos de mala ley en nuestra época es una tontería. Eso solo se podrá saber en la literatura cuando hayan pasado cincuenta o sesenta años sobre la obra que se ha escrito, o se ha estrenado, y, a veces, ni aun así.