Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval El periodista destiló su veneno como pudo contra los que le desacreditaban y, harto de París, volvió a Madrid lleno de cólera y de saña.
El padre le recibió con su ironía habitual. En la familia, el cuñado de Manuel, García Luna, a quien siempre se había considerado como un pobre hombre —la representación de la torpeza y de la pesadez—, era el que prosperaba. Sus negocios iban bien y tenía muchos amigos. Era, al parecer, un personaje importante entre los republicanos. Manolo, en cambio, no marchaba.
—Tu cuñado ha demostrado que a poco ingenio se le puede sacar partido; tú, en cambio, con mucha chispa, no has conseguido nada —le decía su padre.
—Ya veremos al final.
—No te hagas ilusiones. No vayas a tener que pedir un destino a tu cuñado.
Estas ironías paternales, Golfín no las podía soportar.
Padre e hijo se entendían mal. Manolo ansiaba el éxito, entre otros motivos, para darle en la cabeza al autor de sus días; pero el éxito no llegaba. Escribía a veces con más ingenio que nunca; pero ya, sin saber por qué, no se destacaba ni le hacían caso. Empezaba a tener la sensación de que el público y la gente de la Prensa le volvían la espalda. Quizá esto no era cierto; pero para los efectos prácticos era como si lo fuese. Su vanidad estaba irritada.