Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Manolo no iba nunca al teatro a ver a Pura Doni. Le tenía cierto odio al saber que aumentaba su prestigio y su éxito, mientras él bajaba de importancia sin saber por qué.

Para sacar algún dinero se le ocurrió publicar algunas de sus crónicas con prólogo de un político famoso. Un impresor de la calle del Molino de Viento le hizo la edición. Golfín colocó los ejemplares que pudo en las librerías, y el resto se lo vendió al librero de viejo que tenía el puesto en la calle del Pez, esquina a la de la Cruz Verde. Terminó la combinación no pagando la imprenta.

Entonces pensó que, si quería cumplir con sus acreedores, no tenía ni para empezar, y decidió marcharse a París de corresponsal de su periódico; naturalmente, sin pagar a nadie.

En París vivió más de un año de expedientes no muy claros; tuvo que recurrir a una oficina de prensa de la dictadura donde contaba con algún amigo. Al mismo tiempo iba a los cafés que eran punto de reunión de los desterrados políticos, la mayoría voluntarios.

Como en estos cafés reinaban el comadreo y la maledicencia, se enteraron pronto los contertulios de las maniobras de Golfín y se dijo que era un vendido, un traidor.


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