Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval —¡Ah! Entonces no sabemos lo que pasará.
Golfín se resistía a creer que pudiese venir la República. Su cuñado García Luna, que tenía prestigio entre los republicanos, aseguraba que era cosa que estaba al llegar.
En casa, el padre solía decir a su hijo con ironía burlona: «Me temo que, en esta cuestión, los listos vais siendo los tontos, y los tontos, los listos».
Pepe Valdés animaba a Golfín. El dictador desde París y el exministro de la Gobernación, que estaba agazapado en una calle lejana de Madrid, muy vigilado siempre por la Policía, preparaba su vuelta al Poder.
Al poco tiempo, Valdés le dijo que se iba a París. Por el momento no se podía hacer nada.
El período del último Gobierno de la monarquía, Golfín lo pasó a la expectativa. Iba gastando con prudencia el dinero traído de su época de gobernador, escribía poco, iba a un círculo, jugaba al poker y, como era inteligente para estas cosas, ganaba casi siempre.
El advenimiento de la República le puso frenético. Casi pensó que era un acontecimiento preparado en contra de sus intereses.
En su familia, su cuñado, García Luna, que nunca había sido un águila, se daba aires de grande hombre, tenía un destino importante e iba a ser diputado.