Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Un tren se alejaba echando humo; los cornetas hacían ejercicios de música estridente con sus aparatos de metal entre redobles de tambores, y algún rebaño de cabras se esparcía por los montones de escombros y de latas roñosas de conserva, y mientras aquellos animales de aspecto diabólico mordían la hierba corta nacida entre los detritos ciudadanos, el pastor, envuelto en la manta y el cayado blanco en la mano, pasaba con aire de hombre primitivo.
Con frecuencia, después de recorrer la calle de Rosales, seguía yo por delante de la Cárcel Modelo, subía por un camino del Instituto Rubio, que cruzaba un bosquecillo de eucaliptos, y pasaba por el boquete de la tapia a la senda que limitaba por la parte alta los campos de la Moncloa y salía al Partidor, donde estaban construyendo un depósito de agua y existía y existe un cementerio —el de San Martín— con unos hermosos cipreses.
En estos paseos me encontré varias veces con un tipo que, por su carácter, me pareció bastante cómico. Era un hombre pequeño, grueso, con la barba roja en punta y el aire atrevido y audaz. Llevaba pantalón ancho, de pana amarillenta; chaqueta también de pana, aunque negra; chalina de color y sombrero flexible. Parecía vestido para representar La Bohemia, de Puccini, que es una falsificación industrial de la de Murger, como esta, a su vez, es una falsificación de la realidad.