Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Él hubiese querido decorar el muro de una escuela. Treinta o cuarenta metros de pared. Esto hubiera constituido una empresa digna de un artista. Se tenía que contentar con hacer aquellos cromos, que eran indecencias, inmundicias. Yo le decía que todas las artes iban decayendo.

—¿Es que usted cree que la pintura está también muerta? —me preguntaba a mí mirándome muy fosco.

—No sé. Yo, si fuera pintor, cultivaría la nota costumbrista, siguiendo de lejos la tradición de Goya.

—Yo la he cultivado antes y la seguiría cultivando con mucho gusto. Pero ¿qué va usted a hacer si a la gente no le interesa? Hay que vivir. Hay que hacer una pintura de bazar, una porquería, y copiar monos de periódicos franceses ilustrados, como hago yo.

Las varias veces que paseé con el pintor encontramos una pareja muy amartelada en la avenida de la Moncloa.

La dama venía en un coche, bajaba y se reunía con el galán. Él solía esperarla cerca de un árbol, en sitio poco frecuentado. Marchaban juntos hablando muy animadamente y esquivando a las pocas personas que paseaban. A veces se sentaban en un banco. El galán tenía para su dama muchas atenciones.

Ella solía llevar un velo y gastaba tocas de viuda. A pesar del velo, se le notaba que era vieja.


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