Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval —Mira tú, che —le dijo el pintor—: vete a jugar un rato fuera, que tengo que hablar con este señor.
VestÃa el artista valenciano una blusa o guardapolvo gris, lleno de manchas, que hacÃa destacar su vientre, y fumaba una pipa corta. ParecÃa un vendedor ambulante.
Estaba con la paleta en la mano pintando uno de sus cuadritos que él llamaba cromos indecentes con un pincel muy pequeño, como si hiciera una miniatura.
—¿Qué le parece a usted? —me preguntó señalándome su cuadro.
—Está bien. Tiene lo que necesita.
—Es una pintura para cocineras; pero es la única que se paga, y yo no puedo hacer otra, al menos por el momento. Le voy a enseñar lo que hacÃa antes: mi colección de cementerios; porque tuve una época que no pintaba más que cementerios.
El pintor me dejó arrimados a una silla siete u ocho lienzos con paisajes de camposantos de Madrid y de pueblos de alrededor y él siguió con su obra.
—Veo que es usted de la escuela de aquel pintor catalán Modesto Urgell, que hizo un cuadro de un cementerio titulándolo con una frase de Bécquer: «¡Dios mÃo, qué solos se quedan los muertos!» —le dije.
—SÃ; vi el cuadro de chico. No estaba mal.