Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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María Luz tenía un hermano más joven que ella, Carlos, que estudiaba para abogado y que daba muestras de un sentido claro y práctico de la vida.

Tanto Pilar como Carlos eran de un perfecto egoísmo, pero había en ellos diferencias. Pilar tendía a la inconsciencia y al atolondramiento; Carlos, no; Carlos pretendía ser justo. Él creía que en la vida de la calle, como en la vida familiar, la norma debía ser esa máxima que se atribuye a Robespierre: «La libertad de uno termina donde comienza la libertad de otro.»

«Está bien que cada cual haga lo que quiera —añadía—, pero siempre sin molestar al vecino.»

María Luz no se parecía a sus hermanos. Era afectuosa, servicial, muy dócil y amable. Se había educado en el Sagrado Corazón de Jesús. Tenía afición a la música; aprendía el piano y el canto. De físico estaba muy bien. Era esbelta, un poco pálida, con los ojos verdosos, las facciones muy correctas y expresivas. Cuando se mostraba seria tomaba una expresión melancólica y triste; pero por la menor cosa sonreía amablemente.

La familia de María Luz tenía muchas amistades, y las más estrechas, con gentes de la vecindad, entre ellas con la familia de García Heredia, que vivía en el piso alto, y con un exministro: don Pedro Pizarro, que ocupaba el principal de la casa y que era hombre de influencia.


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