Locuras de Carnaval

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La falta del sueldo de Carlos se notó en la casa. A doña Pilar no se le ocurrió recurrir a su hija mayor. Esta aparecía en los teatros pintada, teñida de rubio como una cocotte; gastaba a manos llenas, pero su madre no se atrevía a pedirle dinero. Además, encontraba siempre expedientes para justificarla. En cambio, exigía a María Luz que trabajara más, como si ella tuviera la culpa de la ruina de la familia.

Por entonces, Carlos, que se había casado, recibió la visita de Enrique Heredia. Venía este triste y deprimido. Contó que la madre de María Luz estaba trabajando para casar a la muchacha con don Pedro Pizarro, el exministro, y que a él le querían trasladar con el objeto de tenerle lejos.

«Yo le hablaré a mi hermana —dijo Carlos—, porque lo que están haciendo con ella es una infamia. Tú háblale, aunque sea escápate con ella, ten valor, pero no os dejéis dominar. Vais a quedar destrozados.»

Carlos avisó a María Luz que la quería ver. Le dio cita en el paseo de la Castellana. Se reunieron y pasearon juntos.

—Ayer ha estado Enrique en mi casa —dijo él— y me ha contado lo que ocurre, y veo que te quieren sacrificar. Tu novio, Enrique, es muy bueno, pero es un infeliz. Si tú no le animas, se va a acoquinar.

—¿Y qué voy a hacer, Carlos?


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