Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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A pesar de su desilusión mutua, decidieron casarse. María Luz habló de su proyecto con gran temor a su hermano. La idea de producir risa le entristecía.

—Haz lo que quieras, chica —le dijo Carlos—. No sé qué consejo darte.

Veía a su hermana excitada, temblorosa, con la voz ya cascada, la piel de color marchito y grandes mechones de pelo blanco en la cabeza.

—Sí, soy vieja; ya lo comprendo. Él también lo es, pero podemos vivir juntos. Será un consuelo para nuestra vejez.

—¡Ah! Claro. A mí me parece muy bien.

Carlos abrazó a su hermana, y ella lloró largo tiempo con la cabeza sobre su hombro.

Desde entonces Enrique iba todas las tardes a casa de la viuda, ya como novio oficial.

Cuando había mucha gente se callaba. A veces estaba en la visita la hermana de María Luz, Pilar, que tenía un aire repulsivo: pintada, teñida, hecha un coco.

Enrique era como una pavesa; sentía una gran indiferencia por las personas. No manifestaba la menor afición a acicalarse ni a ponerse elegante. El sentido social había desaparecido en él; en cambio, en ella estaba muy despierto.

Una de las noches que salió de casa de María Luz cogió una bronquitis y a los pocos días se murió.


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