Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Al poco tiempo de quedar viuda escribió una larga carta a Enrique. Ella no le había olvidado; ya sabía que era vieja; pero si no sus amores, podían reanudar su amistad.
Poco tiempo después llegó Enrique a Madrid. Estaba muy flaco y pálido; parecía muy poca cosa; tenía la mirada vaga y una tendencia a acatarrarse grande. Su madre había muerto.
Comenzó a ir a casa de su antigua novia y hablaba con ella y con la sobrina Emilia.
María Luz había conservado sus amistades desde su viudez y las había aumentado. Enrique, no. Al dejar Madrid había dejado sus amigos, y, al parecer, en Sevilla había vivido solo. No se le notaba en la manera de hablar la influencia de su estancia en Andalucía.
Al cabo de los años los dos antiguos novios se sentían distantes el uno del otro. Ya no había posibilidad de ilusión. A ella no se le ocurría cantar el final del dúo de La Travita:
A quel amor quel amore palpito,
ni a él recitar poesías de Bécquer. El ambiente había cambiado para ellos. Todo era igual y todo era distinto.
«¿Es que estaríamos haciendo el tonto?», se preguntaba Enrique.
«¿Es que no nos tendríamos verdadero cariño?», se decía ella.