Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval No podÃa vivir con su mujer. Intentó ser pintor, cómico, peliculero. Imposible. El dueño de un garaje le empleaba a veces de chofer y de cicerone con algunas familias inglesas y se ponÃa la gorra con galones si era necesario. HabÃa servido de camarero en Mentón, de maître d’hôtel en Biarritz, y recordaba con risa estas épocas en que tuvo que ponerse el frac y el delantal. Hubiera ido a América a probar fortuna; pero América, por el momento, era un desastre.
—¡Qué ideas más ridÃculas tenÃa yo antes de mà mismo! —concluyó diciendo Ignacio Recalde—. La verdad es que si salgo de esta miseria, me va a servir de mucho.
Cuando concluyó de hablar, su antiguo amigo Ochoa le preguntó:
—¿Tú conoces Londres?
—¡Londres! Mejor que Bilbao.
—¿Hablas inglés?
—Tan bien como el castellano.
—¿Te importarÃa ser durante algún tiempo mi secretario?
—Nada. Ya te he dicho que he sido camarero y maître d’hôtel.
—Entonces ¿quieres venir conmigo a Londres?
—Cuando tú digas. ¿Qué hay que hacer?
—Acompañarme.
—Poca cosa es.