Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Ignacio Recalde fue muy bien acogido por lord Cardigan. En el viaje a Calais llegaron a intimar. Descendieron los cuatro en el hotel del desembarcadero. El matrimonio inglés no llevaba servidumbre. El hotel era grande. No había más huéspedes en aquella noche que ellos. En todo el edificio reinaba un gran silencio.

El cuarto de Luis era espacioso, con el techo alto y la ventana con dos vidrieras.

Antes de acostarse, Ochoa oyó que Cardigan y Recalde se paseaban despacio por el pasillo hablando.

Se acostó y durmió poco, con un sueño fuerte y pesado. A media noche se despertó y abrió la ventana del cuarto. No se veía más que la oscuridad de la noche; una luz brillaba alternativamente en las tinieblas, luz que debía de ser de un faro. Se oía en la chimenea el ruido del viento y de cuando en cuando, a lo lejos, la sirena de un barco.

Ochoa salió al corredor y paseó por él sin ruido.

Leticia abrió de pronto la puerta y apareció en el pasillo. Sin duda, estaba despierta y vigilante.

—¿No duerme usted? —le preguntó a Luis.

—No puedo.

—Yo tampoco. ¿Irá usted mañana a Londres?

—Sí.

—Yo iré hoy. ¡Adiós!

—Adiós —exclamó él, temblando de emoción.


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