Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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—No está en casa. Hoy tiene el día libre.

Ignacio Recalde, al despedirse de la chica, le dijo que si podía hacer algo por Ochoa, como advertirle de un peligro o de un lazo que le quisieran tender, que lo hiciera, porque era digno de compasión.

—Descuide usted; lo haré.

Recalde le dio sus señas en Whitechapel, en casa de Pancho Berri, y Bess le dijo que, si la necesitaba, le escribiera con tiempo a una aldea próxima a Londres donde vivían sus padres.

Ignacio le estrechó la mano y fue a buscar a Luis. Le contó lo que ocurría, y luego le dijo:

—Yo ahora me vuelvo a Londres. Tengo que entregar el automóvil. Aquí creo que no puedo serte útil…

—Eso no importa. Si quieres vivir conmigo…

—No, no hay que abusar; no quiero ser un parásito. Si me dan un puesto de sobrecargo que me han ofrecido, iré a navegar.

—Entonces, ¡adiós!

—¡Adiós! Te dejaré mis señas. ¿Quieres que despida nuestro piso de Portman-Square?

—No.

Ignacio Recalde llegó a Londres, dejó el automóvil en el garaje y marchó a Whitechapel, a una casa de un judío polaco donde solía parar el capitán Pancho Berri. Al verle, el capitán gritó:


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