Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval No habÃa playa, sino un amontonamiento de peñascales y de rocas negras. El agua estaba turbia, gris, llena de algas. Por el aire brumoso volaban las gaviotas dando gritos estridentes. Correteando por entre las rocas, manchadas de lÃquenes y de hierbajos, andaba un grupo de colegiales exploradores de la ciudad, que pasaban el dÃa de fiesta jugando a los Robinsones, armando tiendas de campaña y cociendo el rancho. El viento mugÃa con estruendo.
—¡Qué mar más triste! —dijo Recalde.
—A mà no me lo parece —replicó Ochoa.
—¿Porque ella está aqu�
—Eso es.
—Bueno; dime ahora qué hacemos.
—Si quieres, acércate al castillo, pregunta por Bess, la doncella de Leticia, y le dices que estoy aquÃ, que voy a hospedarme en el hotel de este pueblo, donde hemos pasado la noche.
—Está bien. Espérame.
Recalde se acercó al castillo, entró y supo que Cardigan estaba enfermo y retirado; preguntó por Bess, una muchacha simpática, y le dijo lo que ocurrÃa. Bess le contestó que le hablarÃa a la señora, y ella indicarÃa la manera de comunicarse con don Luis.
—Ese muchacho está loco —indicó Recalde.
—SÃ, es verdad —repuso la muchacha.
—¿Y el mayordomo John Max?