Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Al comenzar la tarde abandonaron la carretera grande y ancha y tomaron por otra más estrecha y menos frecuentada. Dos horas después entraron en una zona montañosa con bosques negros, sombríos, y praderas donde pastaba el ganado. Al hacerse de noche llegaron a la capital del distrito y fueron al hotel. Este tenía un comedor espacioso, de techo alto, con las paredes tapizadas de color verde. Parecía un salón de un palacio con su aire victoriano, un poco recargado y solemne. Las mesas de caoba eran grandes, muy separadas unas de otras, y en todas ellas había ramos de flores. En la chimenea, inmensa, ardía una gran hoguera.
Recalde pensó que habían vuelto al siglo XIX y casi a los tiempos de Dickens.
Los huéspedes del hotel eran familias muy entonadas y solteronas altas y secas elegantemente vestidas y llenas de joyas.
Durmieron allá, y al día siguiente por la mañana domingo, se acercaron Ochoa y Recalde al pueblo próximo a pie. Era una aldea con unas cuantas casa de pescadores, dominada por el castillo, grande y sombrío.
Estaba en una pequeña ensenada de una bahía tan ancha que no se veían los extremos, esfumados en la niebla.