Locuras de Carnaval

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—Sí, es evidente. El médico de la aldea y el de la ciudad próxima habían dicho que no se le diera al enfermo, y menos en la abundancia que se le daba, la digital y la morfina; pero ella seguía dándole esas medicinas a dosis tóxicas. Esa mujer es capaz de todo.

—No digo que no; pero esos datos que usted tiene no bastan para probar su culpabilidad.

—¿Le parece a usted que no?

—Así lo creo. Ella puede aducir que creía más en lo que aseguraba el médico de París que en lo que aconsejaban los de aquí.

—¿Y la carta en la que dice a Ochoa que pronto se verán libres de su marido?

—Eso tampoco es prueba.

—Pues mire usted: si no fuera por don Luis, que es un buen muchacho, a esa mujer la llevaba yo a presidio, si no iba a la horca.

—No lo creo, y es más: me parece que no debe usted hacer nada.

John Max quedó pensativo.


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