Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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—No sé lo que querrá hacer esa mujer orgullosa —dijo—. Si pretende atropellarme, la denunciaré. De todas maneras, yo he formado un legajo con las fotografías de las cartas y de las recetas y las he guardado en la caja de un banco. En el caso de que yo faltara, he estipulado que el único que tiene derecho para recoger ese legajo es usted. Aquí tiene usted el nombre del banco, el número de la caja y mi autorización firmada y legalizada. Guárdela usted.

—¿No tiene usted persona de más confianza que yo?

—No.

—Bueno. Está bien.

Se despidieron. Por la tarde, Recalde preguntó por teléfono en la casa de Portman-Square. Estaba Ochoa. Le contestó él mismo.

—Oye, Luis. Soy Recalde. ¿Quieres venir esta noche a verme?

—¿Qué pasa?

—Te tengo que contar algo.

—Bueno; iré. ¿Adónde?

—Le dices al del auto que te lleve a la avenida de Whitechapel y que se pare en la primera taberna entrando a mano izquierda. Allí estaré yo.

—Muy bien.

Se reunieron en la taberna y salieron a la calle. Recalde le contó lo que le había dicho Max.


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