Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval La causa de ella era la bella Charito. Un señor de unos cuarenta y cinco a cincuenta años le había invitado a bailar y, según decía él, ella le había dicho que sí. Este señor, el coronel Vélez, hombre jaque y mandón, de los oficiales venidos de Cuba, trataba a la bailarina como a terreno conquistado. Ella estaba un poco intimidada.
El teniente Quirós, con su nariz postiza, le decía a la Charito: «Anda, vamos a bailar. No hagas caso».
El coronel agarró con una mano del brazo a la muchacha y con la otra empujó violentamente a Quirós. Este, con una rapidez de rayo, le pegó un puñetazo en la cara al coronel y le dejó la nariz chorreando sangre. Se arremolinó la gente. El coronel, repuesto del aturdimiento, quiso buscar a su agresor, a quien no conocía. El doctor, hombre de soluciones rápidas, retiró al teniente del grupo, le quitó la nariz postiza y le dio un antifaz que sacó del bolsillo.
—Ande. Váyase usted.
—No me voy. Si ella se queda aquí, yo me quedo.
—¿Y si la convencemos de que se vaya?
—Entonces me iré yo también.
Isasi hizo de mediador, y la bella Charito dijo que se marchaba en seguida.
Elena estaba asustada y temblorosa, arrepentida de haber ido al baile.