Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Latorre, las tardes de verano, cuando vuelve de la imprenta de la calle de Jesús del Valle, suele coger una regadera y riega las baldosas de la azotea varias veces, hasta que, a fuerza de evaporar agua, quedan, ya entrada la noche, bastante frescas. Entonces saca una silla y la lámpara eléctrica y suele estar leyendo algún periódico.

El corrector de pruebas alterna la azotea con el balcón. De la azotea contempla el brillo de las estrellas y el girar de las constelaciones; pero ese infinito sideral le deja indiferente: Es cosa monótona, se dice, convencido.

Al decir esto vuelve a la atalaya del balcón. Ha avanzado la noche. Ya los chicos no gritan tanto como antes; la canción del día, tan amena como La canastera, Pichi o La carioca, no se oye con la misma fuerza, y hasta las radios y los gramófonos han perdido algo de su estridencia. Las madres llaman a sus retoños asomándose a la calle desde los portales:

—¡Eh, Pepito, Juanito, Rafa! ¡Que vamos a cerrar!

Entonces se oye la conversación sostenida del señor Pantaleón con la señora Engracia, que cambian reflexiones meteorológicas y filosóficas sobre el tiempo y el calor que hará al día siguiente.


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