Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Las hijas de la Pepa y muchos de los inquilinos la tenían rabia por su curiosidad y a veces le hacían gestos y le enseñaban la lengua.

El cancerbero de la casa era la portera, la Alfonsa. Ella vigilaba, tomaba nota; no le pasaba nada por delante de los ojos sin que lo averiguase. Era un juez de instrucción. Tenía un olfato de sabueso para descubrir los líos de la vecindad. El que iba a empeñar, el que iba a comer, el que preguntaba por el médico especialista, la muchacha del tercero o del cuarto que tenía mal aspecto, nadie pasaba sin dejar en la portería algo de su secreto.

Al licenciado Latorre le protegía porque le consideraba como a un infeliz. El prestamista don Félix hablaba con ella y le daba propina; Pastelillos hacía lo mismo. La Pepa y sus hijas decían que la Alfonsa era una mujer de pronóstico reservado, de aviesas intenciones, capaz de jugar una mala pasada a cualquiera. Tenía odio a todos los que no se rendían a su poder.

El marido de la Alfonsa, un cero a la izquierda, estaba empleado en unas dependencias de la tenencia de alcaldía de Chamberí.

Hecho el padrón de la casa según el licenciado Latorre, veremos algo de lo que pasaba en ella por el sistema empleado por Asmodeo, el Diablo Cojuelo, con don Cleofás Pérez del Zambullo.


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