Los amores tardios
Los amores tardios —Creo que lo mejor es que en esta amistad de tu hermana y del ruso no hagamos nada. Dejémoslos; quizá sobrevenga alguna eventualidad que desbarate sus amores. Ese desdichado de don Cosme ha ido a proteger a uno de su cuerda. Es la casualidad que une a estos tipos.
—Parece como si Dios los hubiera reunido —dijo Pepita—. ¿Tú no les has oÃdo hablar a los tres? Tienen la sencillez y la malicia de los santos. Luego, ese don Cosme es como un niño. ¡Qué risas! ¡Qué carcajadas! ¡Qué entusiasmo! Se dice que todos los santos son alegres.
—Don Cosme es asÃ. Es el hombre que no se da cuenta de nada, no se entera. Si alguien le empuja en la calle o en un tranvÃa, piensa: «Este pobre hombre ha tropezado». Si alguno le quita el maletÃn supondrá que no es para robarle, sino para evitarle asà el llevar un peso molesto. No le cabe en la cabeza la sospecha de la maldad de la gente.
—Yo hablaré a Soledad e intentaré darle alguna suspicacia acerca de ese ruso, pero me temo que sea trabajo inútil —dijo Pepita.
—¡Ah!, claro. Ella siente ya esa confianza ciega que produce el cariño.