Los amores tardios
Los amores tardios «La antipatÃa que me tiene mi tÃo, el padre de Pepita, se va a acrecentar —pensó Larrañaga— cuando sepa que en Rotterdam, y por mi mediación, su hija ha entrado en relaciones con este ruso pobre y absurdo. El don Cosme es una calamidad. Ya lo es el hombre sin carácter, pero cuando a un hombre sin carácter se le añade el ser bueno, entonces es doblemente calamitoso. Es el destino el que une a estas gentes. Soledad, que es la simplicidad completa sin la menor malicia; Niel, que es un mÃstico, y los dos protegidos en sus amores por este bobo de don Cosme, que es también angelical, ¡Qué cantidad de tonterÃas van a hacer los tres si los dejan! Veremos a ver si entre Pepita y yo desbaratamos sus planes. ¿Podremos? Además, ¿será prudente hacerlo? Claro que derecho no tenemos ninguno, pero eso es lo de menos.»
Después de pensar largo tiempo en esto, Larrañaga se dijo: «También resulta absurdo que yo, que estoy entusiasmado con Pepita, que está casada, me lance a poner obstáculos a los amores de un hombre, rico o pobre, pero completamente libre, con una mujer soltera».
Después de reflexionar mucho, José dijo a Pepita: