Los amores tardios

Los amores tardios

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Niel estudiaba el retrato que pintaba y a su modelo con atención concentrada. Soledad sonreía.

—No comprendo a mi hermana —dijo una vez Pepita—. Ha tenido como pretendiente aquel marino americano que encontramos en París tan guapo y no le ha hecho caso, y ahora, con este ruso viejo, pobre y zarrapastroso está entusiasmada.

—Es que no tiene tu sensualidad. A pesar de tu inteligencia, creo que tú eres como una ternera. Ves el becerro guapo y te conmueves.

—¡Muchas gracias!

—Tu hermana, no. Es mística, siente amor por los pobres, por los desgraciados.

Una vez, Pepita oyó que decía Soledad, dirigiéndose a Niel: «He soñado que iba a Rusia, donde usted me esperaba, y en la estación, en medio de la nieve, había, en vez de usted, una mujer de negro».

Con este motivo charlaron largo rato de Rusia, de los sueños, de mil cosas.

Además del retrato, bastante grande, que pintó Niel de Soledad, hizo una copia pequeña de verdadera perfección. Como dibujo y parecido era admirable, pero tenía aspecto de miniatura.

José estaba intranquilo con el aire que iban tomando los amores de Soledad.


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